Acostumbrados estamos a hablar de desarrollo económico como si su carácter enunciativo llegara a traducirse en manifestaciones directas de los procesos reales que se siguen en el espacio. Dar como naturalizada dicha acción, distrae el análisis de las formaciones históricas, de las prácticas espaciotemporales, de las huellas que construyen territorio, en su defecto, concentra la función enunciativa en la perspectiva teleológica del progreso como sustancia del espacio, que, por el sólo hecho de decir, crea, no en un sentido de causalidad bidireccional sino en las alteraciones de las expresiones espaciales.
Ahora bien, el poder del enunciado como evocación de la percepción planificadora olvida la pregunta: ¿cuál es la esencia del desarrollo como forma de expresión?, una vez dada la respuesta, que de por sí es un reto, viene: ¿tiene dicha forma de expresión un significado tangible, isomorfo y materializado en el espacio?, los procesos, formas de contenido, instituciones, maquinarias y técnicas ¿cómo encajan en las forma de expresión, enunciados, palabras y frases? Para llegar a las respuestas aceptamos que el carácter clásico del cuerpo teórico económico es parte constitutiva de la teoría del desarrollo bajo la idea de lograr crecimiento económico expresado comúnmente en la cantidad de riqueza monetaria por persona, aspecto visible desde los trabajos de Adam Smith en finales del XVIII hasta finales del siglo XX donde el desarrollo emerge como ciencia y rompe la jerarquía del crecimiento monetario al considerar aspectos de oportunidades en funciones como la educación, la salud, el ambiente, la vivienda, la participación política, en general, en los asuntos relacionados con la “capacidad de funcionar” como lo llamara Amartya Sen.
No obstante, la aplicación práctica de los conceptos modernos distan de generar indicadores eficientes para la política pública, así continúa la linealidad clásica pues el andamiaje conceptual moderno aún no permea las prácticas espaciales, se reconoce, en el mismo tiempo, el hoy, formaciones estratificadas del saber del desarrollo, por un lado el giro de la modernidad al encontrar un espacio otro del desarrollo en coexistencia de la lógica del medible que obedece a esquemas utilitaristas lineales.
Entonces, fieles a la tradición clásica, aunque conscientes de la importancia de un desarrollo como libertad, los planificadores despliegan regímenes de enunciabilidad con instrumentos estadísticos, el poder del indicador, controlador de los procesos y las acciones que mantienen la naturaleza lineal de los enunciados económicos con afección directa en los horizontes de expectativa de los pueblos que los acogen como verdades eternas, esperanzas de ver lo que se dice, presos de un desarrollo por etapas, estadios que deben superar para lograr avanzar, la dicotomía del desarrollo/subdesarrollo; con sorpresa caen en la desilusión pues ningún espacio es el perfecto reflejo visible de lo decible. Bastara observar los manuales de economía para encontrar los procesos expresados en forma funcional, determinante con determinables, relaciones de causa-efectos bajo la modelación lógica, econométrica, fiel reflejo de los postulados neoclásicos y la corriente marginalista. Esclavos de la racionalidad microeconómica, imbuidos en el modelo samuelsoniano, los planes de desarrollo mantienen la teleología progresista. El ejercicio empírico que soporta dicha linealidad es la prevalencia de la postura mecánica en el análisis de los procesos sociales, en desmedro de la condición de estrato o ruptura; en general, las distribuciones espaciales, las configuraciones geográficas, las correlaciones espaciales son las herramientas del progreso, la representación de la distancia entre la meta y el punto de medición, una postura que no admite intersticio. Pero lo perverso no es el enunciado en su forma y sustancia sino la apuesta por replicar la expresión como código determinista de la formación de los espacios de visibilibidad.
El desarrollo como categoría económica cumple la función de enunciar, no obstante, las formas contenidos como las vías de comunicación, la infraestructura social, los imaginarios y los dispositivos institucionales están en el ámbito del desarrollo aunque no se confundan con este. Desarrollo, como significado, se construye fuera del régimen de lo visible, no está designando un orden de las cosas en el espacio, mucho menos el estado de las instituciones, características o funciones en el territorio. Desear el correlato de las formas enunciativas con las formas de contenido no es más que seguir la teleología económica del progreso, aquella ilusión donde existe una correspondencia entre el tiempo y la expresión en el espacio de las visibilidades, proyecciones de paisajes imaginados, enunciados que se encuentran en diferente esfera que las formas contenido. No se confunda el hablar del desarrollo con la expresión visible del desarrollo.
Un ejemplo de la sustancia del desarrollo es la productividad, ésta se expresa en función directa de la capacitación laboral, la construcción de infraestructura y la transferencia de recursos económicos a los menos favorecidos, así se configura como el core enunciativo de los planes de desarrollo económico de las regiones, es la sustancia enunciativa, forma que deviene de actores como los planificadores, quienes quieren y, en efecto lo hacen, configurar espacios concebidos que crean mutaciones en las formas del ver y del decir de la sociedad, en los planteamientos de Soja estamos frente a la alteración del espacio percibido por la imposición de una jerarquización de valores que vienen del espacio concebido del planificador. La configuración territorial como sistema de formas contenido y las relaciones sociales como sistema de acciones, definen un lugar de lo visible; mientras, el desarrollo y la productividad define un lugar de lo enunciable.
El problema deviene en el plan de desarrollo en tanto medio efectivo para ejercer el poder de los enunciados sobre las visibilidades. Como la evidencia sugiere, la función enunciativa, bajo la tesis de Foucault, es dominante, determinante, sin convertirse en función directa o correlato perfecto de lo visible, lo determinable. Como lo plantea Deleuze, la forma de contenido y la forma de expresión no son isomorfas, aunque se sugieren una en la otra, tampoco se pueden tratar como fractales, tienen una relación vista en los cuerpos que median, en la formación de estratos que reflejan las heterogeneidades de los sedimentos derivados de acciones y procesos históricos.
Ahora bien, el desarrollo es un enunciado que coexiste con un sistema de enunciados, al mismo tiempo que existe una configuración territorial con sus formas, redes e instituciones, ambos expresan la formación económica, los procesos históricos que dejan ver y leer las realidades económicas. Más allá de una interpretación racional, los procesos económicos en la historia son capas sedimentarias, formaciones espacio-temporales singulares de estratos que obedecen a los regímenes de lo visible y lo decible. El ser pobre es una conjunción de los regímenes de enuncibilidad de la pobreza y las formas de expresión de la misma, sin ser una suma, obedecen a condiciones históricas que se forman como especie de estratos en tensiones y rupturas, huellas o rastros en constante cambio situados en un tiempoespacio, no lineal, que logran expresar la pobreza
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