Mientras el Desarrollo Humano (DH) busca la ampliación de las capacidades para lograr funciones valiosas en la vida, la Seguridad Humano (SH) se enfoca en velar por que el acceso a dichas capacidades se haga de forma segura y libre, además de su coherencia de mantenerlas en el tiempo. La SH tiene un sistemático enfoque preventivo ya que busca la preparación para afrontar los riesgos asociados a conflictos, recesiones o crisis económicas, desastres naturales o cualquier otro tipo de emergencias. Por su parte, el DH en una concepción holística de la libertad en las diferentes dimensiones de la vida de las personas, es una apuesta por la realización efectiva de las formas del ser y el hacer. Ambas posturas son complementarias e interdependientes, avances en una significa contar con una mayor probabilidad de mejorar en la otra. Limitados alcances en el DH, reproducen escenarios de conflictos sociales que mantienen un ambiente de miedo en la población, deterioran la SH. Escenarios donde la población no pueda efectivizar sus capacidades adquiridas previamente, significa un retroceso en la libertad, un deterioro del DH.
sábado, 28 de mayo de 2011
Seguridad humana, desarrollo humano y desarrollo como libertad, aclarando el vínculo
Mientras el Desarrollo Humano (DH) busca la ampliación de las capacidades para lograr funciones valiosas en la vida, la Seguridad Humano (SH) se enfoca en velar por que el acceso a dichas capacidades se haga de forma segura y libre, además de su coherencia de mantenerlas en el tiempo. La SH tiene un sistemático enfoque preventivo ya que busca la preparación para afrontar los riesgos asociados a conflictos, recesiones o crisis económicas, desastres naturales o cualquier otro tipo de emergencias. Por su parte, el DH en una concepción holística de la libertad en las diferentes dimensiones de la vida de las personas, es una apuesta por la realización efectiva de las formas del ser y el hacer. Ambas posturas son complementarias e interdependientes, avances en una significa contar con una mayor probabilidad de mejorar en la otra. Limitados alcances en el DH, reproducen escenarios de conflictos sociales que mantienen un ambiente de miedo en la población, deterioran la SH. Escenarios donde la población no pueda efectivizar sus capacidades adquiridas previamente, significa un retroceso en la libertad, un deterioro del DH.
Reseña de: "The socio-spatial dialectic" autor: Soja
Lectura propuesta: Soja, E. W. (1980). The socio-spatial dialectic. Annals of the Association of American Geographers, 70(2), 207–225.
El artículo de Soja es tejido alrededor de la diálectica como apuesta metodológica que soporta el desarrollo conceptual de los estudios del sobre el tiempo-espacio[1], método de pensar que presenta gran suficiencia flexible para aplicarse a circunstancias diversas. Si bien el sustrato es la dialéctica en su función de movimiento, contradicción, acción recíproca y transformación, las diferencias entre los principales exponentes del giro espacial que aparecen en el texto, Harvey, Castells, Lefebvre y el mismo Soja, van a radicar en el uso del método, los alcances y fines del discurso que defienden. No es sorpresa que el ataque de sus argumentos, los de Soja, se centren en mostrar las incomprensiones, conjeturas y debilidades de los marxistas al asumir el espacio como producción social, pues la herencia del método dialéctico deriva del materialismo histórico de Marx y en su contraste retome la discusión ineludible de la producción social del espacio. Lo que pretende Soja es mostrar que las condiciones materiales de existencia, que es la forma como el marxismo define la pertenecía a una clase, tienen una homología con el espacio, inseparables dialécticamente; aunque el objetivo literal de Soja se extiende hasta encontrar la homología en “la división regionalizada del espacio organizado en centro dominantes y periferias subordinadas” ésta última apuesta no tienen la fuerza suficiente en el texto para dar como cumplido el total del objetivo pues se reduce a describir los avances teóricos de Ernest Mendel en cuanto al desarrollo regional y la relación “clase”, espacio.
Con claridad, los postulados de Soja convergen en mostrar la importancia del análisis espacial y las relaciones sociales como una expresión dialéctica aunque con deslizamientos marxistas, evidenciados por Soja, en función de jerarquizarla a favor de la expresión social de las estructuras económicas. Así, citando los trabajos de Lefebvre de principios de los años 70: “La révolution urbaine” y “La production de l’espace” muestra como David Harvey y Manuel Castells, con el ánimo de conservar las investiduras puras del linaje marxista, aunque reconocen la brillantez de Lefebvre al “considerar la organización del espacio como un producto material, las relación entre las estructuras espaciales y sociales del urbanismo así como el contenido ideológico del espacio creado socialmente” lo tildan de encerrarse en un fetichismo espacial. A mi juicio, denominación improcedente por las conceptualizaciones del espacio que el mismo Lefebvre plantea, el espacio concebido y el espacio vivido no son inalienables al sujeto, no aparecen fuera del dominio de sus formaciones históricas por tanto no proceden esencialismo absolutos que fragmenten el espacio y erijan ordenes divinos para dominar las relaciones sociales.
La pobreza conceptual a la que alude Soja cuando enuncia el análisis espacial de los marxistas, exceptuando a Lefebvre, la relaciona con el temor al mito del fetichismo espacial que reflejaba la posible separación de la ortodoxia marxista. Mientras lo que devenía en el análisis era el uso de una seudodialéctica socio espacial profesada por los marxistas pues sigue el postulado materialista de base, la estructura económica como determinante de la división de clase, hay inconsecuencia teórica al profesar la dialéctica socio espacial pero en el fondo no estar de acuerdo con su función recíproca. Advierte Soja que aquello que estaba emergiendo era un materialismo dialéctico que era simultáneamente histórico y espacial, pero la miopía de los marxista y su consecuente jerarquización de las relaciones sociales sobre el espacio tiran por la borda la posibilidad de “la creación de una economía política espacial más unificada”.
Al retomar la perspectiva del análisis socio espacial, en el texto se define la espacialidad, expresión que usa Soja para referirse al espacio producido socialmente en agotamiento e interpretaciones perversas de “espacio social” “geografía humana” y el mismo término "espacio”. Una corta apreciación, base engañosa de los análisis subjetivos del espacio y la espacialidad humana, muestra que el espacio, tiempo y materia están confusamente conectados. Más que un espacio, preso en un tiempo, materia, contenedor físico, siempre ha sido político y estratégico, nunca separado de la ideología o la política, agregaría, o la economía.
En la continuación del texto, aparecen los tres puntos de vista del espacio organizado y los modos de producción. En primera vía, aparece Lefebvre y con la relación dialéctica espacio-relaciones sociales, desmiente a la economía como determinante de la realidad urbana y recibe la crítica de sus contrapartes radicales quienes apelar al falso garante causativo; enlaza el problema de las clases sociales al considerar las relaciones de producción tanto sociales como espaciales. Hace parte de la primera vía, con una escala regional, Ernest Mendel afirmo que: “el desarrollo desigual entre regiones y naciones es la misma esencia del capitalismo, al mismo nivel que la explotación del trabajo por el capital”, la estructura espacial del desarrollo desigual se ubica en el mismo nivel que las clases sociales, en coherencia con Lefebvre, Mendel no escapa a la etiqueta Neomarxista que rotulan los marxistas radicales expresando su postura inaceptable en tanto los consideran analíticamente confusos. Es de esperar que la segunda vía la conformen los marxistas ortodoxos que no negocian la centralidad del análisis de clase. La última vía, el punto medio, defendida por Castells, Harvey, Wallerstein, André Gunder y Samir Amin, aceptan la perspectiva espacial de la relaciones de producción, aunque no la reconocen sustancialmente y se debaten entre el dilema argumentativo cuando toman posturas explícitas, el caso de muestra Soja hace referencia a Castells que si bien parte de considerar la importancia del análisis espacial son, en últimas, las relaciones sociales concretas las que dan forma, función y significado a la estructura espacial, estructura con papel determinante; así, de nuevo caía en la relación jerarquizada y no dialéctica.
Pero, cuáles fueron las causas del olvido de los marxistas occidentales, las hipótesis que lanza Soja son las siguientes: (1) La tardía aparición de los Grundrisse que limito el pensamiento marxista a las publicaciones existentes la cuales se reducen a simplificar el análisis a economías cerradas y los procesos de producción internos, el contenido de los proyectos de Marx para tratar el comercio mundial y la expansión geográfica quedaron insinuados en los Grundrisse, el contexto del análisis geográfico se remitió a los trabajos sobre la teoría imperialista, el desarrollo desigual, los movimientos revolucionarios de la URSS entre 1971 y 1925 y el trabajo de Antonio Gramsci que concreta el modo de producción en el tiempo y en el espacio.
(2) las tradiciones antiespaciales en el Marxismo occidental, los orígnes del pensamiento de Marx surgen de Hegel y la primacía del espíritu sobre la materia, cambios en el espíritu producen cambios en la materia, el tiempo es muerto, el espacio se sustancializa en el estado; no obstante Marx, recuperando la importancia de la historia, revive el tiempo, prima la historicidad sobre el espíritu de la espacialidad, pero sigue condenando el espacio como función de determinismo histórico y social, la conciencia espacial era presentada como una falsa conciencia manipulada por el estado y el capital para desviar la atención de la lucha de clases.
(3) Las condiciones cambiantes de la explotación capitalista, la problemática espacial en la época industrial con respecto a los medios de producción y la relación trabajador-empleador eran menos importante con respecto a lo que es hoy, la importancia residía en el tiempo como productor de valor en las mercancía y por tanto función de modificación para obtener cotas de plusvalía mayores, la organización social del espacio se presentaba como un fractal discontinuo de la industrialización en expansión. En contraposición de capitalismo contemporáneo, Soja argumenta como la producción del espacio desempeña un papel fundamental puesto que el sistema ha requerido regular y garantizar que las relaciones de producción se desarrollen sin tropiezos, en ambientes donde el trabajo se ha desincronizado y deslocalizado.
La parte final que presenta Soja en el texto es la preocupación de Lefebvre por comprender la mutación del capitalismo para lograr sobrevivir. Al respecto, valdría la pena acabar la reseña con la siguiente cita que resume los argumentos sobre la parte final:
“El capitalismo ha sido capaz de atenuar (si no resolver) sus contradicciones internas durante un siglo y, consecuentemente, en los cien años trascurridos desde la escritura de El Capital, ha logrado alcanzar el “crecimiento”. No podemos calcular a qué precio, pero sabemos los medios: ocupando espacio, produciendo espacio”.
[1] Aunque la mención sobre el tiempo no aparece como punto focal en el artículo, aún en construcción en la época, el avance teórico actual sobre los estudios socioespaciales considera como indisoluble el binomio espacio-tiempo, autores como Harvey con su “comprensión espacio temporal”, la crítica de Foucault al privilegio de la historia sobre la espacialidad también se puede leerse como una inclusión de ambos en tanto no los excluye, los trabajo de Massey donde llama a la integración conceptual de ambos.
sobre la región. análisis del concepto
Con una visión práctica, en función del análisis de datos espaciales, la noción de región adquiere tres formas. La primera, la formal o uniforme que hace referencia a la formación contigua de unidades espaciales cuasi homogéneas que comparten fronteras y características similares, importa la naturaleza y profundidad de los atributos para definir la “regionalización” y la jerarquía entre las unidades espaciales, entre más atributos compartan mayor será la dificultad para llevar el proceso de clasificación, en dicha relación importa la covarianza entre los espacios, pues es la medida estadística que observa el grado de asociación espacial. Es común en las ciencias sociales que el análisis formal o uniforme de la región se acompañe de trabajo de campo etnográfico (Haining, 2004: 183). La segunda, la funcional o nodal, que vincula los flujos, conexiones y relaciones entre las unidades espaciales sin importar la contigüidad espacial, se define una región de acuerdo a un conjunto de atributos y su intensidad entre las unidades espaciales, importa la dinámica de las relaciones y los usos comunes de elementos del territorio que facilitan o restringen la funcionalidad (Haining, 2004; 184). La tercera vía es la administrativa, una región es el resultado de la concepción política del espacio en tanto contenedor de instituciones y relaciones sociales, la diferencia con las anteriores es el carácter de fronteras delimitadas.
La noción de región que propone Allen, J. et al. (1998) es una construcción de relaciones y no una derivación por oposición de lugares como es frecuente en la literatura tradicional de geografía regional[1]. Al interior de la perspectiva funcional o nodal, logra avanzar en la propuesta metodológica al proponer analizar la región con una perspectiva del espacio en términos de relaciones sociales, donde igualmente advierte un binomio indisoluble entre tiempo-espacio. La importancia de la perspectiva radica en la apuesta por construir una región propia de las dinámicas sociales, interesa la variabilidad interna y la porosidad de las estructuras, según Allen et al. (1998: 57): “Pensar al espacio en términos de relaciones sociales es útil porque la atención no se centra en el grado de similitud entre lugares constituidos sino en la naturaleza y grado de sus interconexiones”. Así, una región es el producto de contextos particulares y formaciones específicas que bien puede obedecer a una pregunta de investigación o al énfasis en procesos particulares.
En su investigación Allen et al (1998) evidencia el ejercicio de los discursos y las materialidades para dominar una región, el caso de Inglaterra bajo la política de liberalización de Margaret Thatcher de los años 80, un discurso concentrado en la función enunciativa del progreso como sustancia del espacio, que, por el sólo hecho de decir, crea, no en un sentido de causalidad bidireccional sino en las alteraciones de las expresiones espaciales. Un dominio ejercido desde la postura del libre comercio (asociado al motor del crecimiento), convertido en signo denotativo, elevado a su máxima expresión territorial, del antagonismo socialista agotado en su estructura económica y social. El resultado una región funcional, para el caso, al servicio del mercado, primer jerarca de la configuración territorial.
En la misma línea, la región es topología de sentidos donde emergen con mayor visibilidad aquellas formas con más poder de dominación, en casos como los planteados por García (2002) para la realidad Colombiana, es el conflicto el que se encarga de configurar territorios, no en términos esencialista, mas como forma de expresión que domina diferentes esferas de la vida social, traza, delimita, moldea, construye dispositivos de control del espacio, en experiencias de regiones del departamento de Antioquia como Urabá y Oriente, estimula la resistencia civil, movimientos sociales que dotan de otros sentidos los territorios.
Al seguir la proposición de Allen (1998: 34) que la región se expresa más generalmente como lugares, se extiende la reflexión sobre el lugar a las regiones. El lugar, la morada que describe Michel Serres (1995) es el hogar, la casa, una disposición de elementos en el espacio que se privilegian en tanto la utilidad de las distancias, distribución topológica que adquiere diferentes formas con el mismo contenido, espacios producidos socialmente puesto que confluyen tanto las unidades materiales, físicas como los sentidos de lugar, significados singulares, únicos, asociados a significantes. ¿Qué pasa cuando hay más de uno en casa? Llega la alteridad, el otro que privilegia otras distancias, los mismos significantes le producen diferentes significados, el reconocimiento de la diferencia es la aceptación de la existencia de signos distintos usados como vehículos para expresar el mismo contenido; quiere decir, que una vez las ciencias sociales, comenzando por la antropología, acepta la diferencia cultural, aparece el conflicto como algo intrínseco a las relaciones humanas[2], en su condición de umbral, límite, frontera. Entonces, el espacio producido socialmente es un espacio de conflicto puesto que se construye a través de la diferencia, un sistema estructural en tanto la manera de combinar es la que produce los sentidos, pura realidad espacial. Ahora bien, pensar la espacialidad como un conjunto de contradicciones, al estilo marxista, supone la homologación del espacio a las relaciones de clase, supuesto de poca cautela a propósito de los desarrollos de Lefebvre y Soja, principalmente.
En pie de la discusión, la región es más que el receptáculo de la distribución de un fenómeno, se busca es el proceso que subyace al fenómeno social puesto que toda distribución está acompañada de un proceso. Bajo éste enfoque se eliminan las fronteras político-administrativas, no obstante, para efectos metodológicos se parte de la conceptualización de lugares nodales definidos empíricamente por las prácticas sociales y posteriormente se identifican las formas en las cuales están relacionados entre ellos (Allen, J. et al., 1998: 60). Ante las diferencias geográficas que producen las diferencias en las escalas de relaciones, el análisis de los niveles sugiere Allen et al., debe plantearse integrado desde el comienzo.
[1] Bourdieu (1991: 227) muestra como el discurso regionalista es performativo y la idea de región puede ser falsamente reconocida y legitimada tanto desde el punto de vista de creaciones simbólicas (banderas, emblemas, escudos) como desde las representaciones sociales que aluden a esencialismo del lenguaje o la raza. Así mismo, advierte que las delimitaciones o fronteras que clasifican las regiones son la expresión de las relaciones de poder en el campo donde se legitima la delimitación. Igualmente, Blanca Ramírez (2004: 34) muestra por qué la región ha sido una categoría analizada por oposición: “la región como categoría nace como referencia de los paisajes en tanto manifiestan visos de diversidad, de la contradicción de buscar homogeneidad, surge la diferencia, la región, categoría bastión de las concepciones teleológicas de desarrollo económico que aparecen en la posguerra bajo la postura manifiesta de lograr unificar los resultados territoriales, homogenizar los fines y perseguir la meta.”
[2] Contrario a la visión de Comte, Durkheim, Parson que describen el conflicto como un mal de la sociedad. Pero donde cabe la acepción de Marx al contraponer las clases sociales en el seno del trabajo, pero todo dentro de un proceso de relaciones sociales (García, 2002).
Bibliografía
Allen, J.; Massey, D.; Cochrane, A.; Charlesworth, J.; Court, G.; Henry, N. y P. Sarre, (1998) Rethinking the Region. New York, Routledge.
García, Clara Ines (2002). Paradojas de los conflictos violentos. Terrritorios, regiones y fronteras en Colombia. Medellín. Legado del saber.
Haining, Robert (2004).Spatial Data Analysis: Theory and Practice. United Kingdom. University of Cambridge
Serres, Michel (1995). Atlas. Madrid. Ediciones cátedra.
Estadística, el poder
Ante la postulación de los enunciados estadísticos como mecanismo biopolítco deviene la pregunta por la cifra como creadora de realidades, en tanto asigna modos de vida, clasifica poblaciones, jerarquiza las realidades, oculta espacios. Una clara manifestación del poder en el saber estadístico que igualmente se convierte en factor disgregador de la realidad y excluyente de otros puntos de vista arrojados por ciencias diferentes a la estadística[1]. Espacios esenciales, naturalizados, matemáticamente probados, construidos como representación de actores que piensan el método estadístico y su uso, espacios mentales que se conectan con las realidades sociales por medio instrumentos como encuestas, formularios, metodologías de clasificación o cualquier otra forma de recolección e interpretación de información. No obstante, la relación estadística-realidad es un proceso dialéctico donde no se presenta origen alguno del poder, al igual que es de un carácter rizomático que afecta toda la estructura social. Bastará considera que los incentivos del gobierno para quienes hacen parte de la cifra son el detonante de estructuras moleculares de poder, manipulación de las realidades, identidades por conveniencia, agenciamientos políticos en busca de “aparecer”, ser reconocido estadísticamente. Así, la estadística como instrumento biopolítico deja ver que el poder es una formación multidireccional en red con diferentes escalas.
La estadística como ciencia se convierte en un ejemplo pertinente para dilucidar la crítica de Santiago Castro sobre la colonialidad del poder y la propuesta de una transdiciplinariedad que busca la decolonización de los espacios académicos. Con el fin de postular la discusión, los primeros anteriores hacen referencia al primer planteamiento y a continuación esbozaré el segundo.
La estadística parte de considerar que los fenómenos que ocurren presentan aleatoriedad, no son determinísticos sino probables, donde la interacción juega un papel importante para definir el resultado del proceso, y éste último se consolida como la fuente de comprobación para otorgar validez a los resultados. El paradigma teórico que da soporte a las investigaciones experimentales se puede resumir bajo la ecuación: conocimiento cierto (CO) más probabilidad de ocurrencia (PO) es igual a conocimiento cierto (CC), (CI+PO=CC). Un poderío otorgado al método inductivo por medio de la estadística.
Ahora bien, surgen varias inquietudes sobre la “validez del conocimiento” pues más allá de un modelo probabilístico, que servirá en este caso como la enuncibilidad del poder, colonizado en todas sus formas y expresiones, es la singularidad y linealidad del uso del dato para afectar las estructuras sociales la que plantea verdaderos retos. Por ejemplo, el uso de la encuesta del Sisben y su escala de niveles que clasifica la población es el reflejo cercano sobre la forma de actuación de las escalas de poder; surge las preguntas: ¿Qué dice el dato? ¿Qué no dice el dato? El resultado obtenido por la encuesta olvida la segunda pregunta, es un punto de vista que olvida los espacios otros imperceptibles desde la óptica estadística, sin embargo, se usa el resultado para alterar las relaciones sociales, como mecanismo de asignación de bienestar social. Si bien se encuesta la población, ésta no tiene ingerencia en el proceso más como agente pasivo, es una forma de estandarizar los resultados y obviar las complejidades de las relaciones sociales, intersticios olvidados que están cargados de significados cotidianos. Así, en tela de juicio se deja la “validez del conocimiento” cuando lo local es olvidado y, más aún, cuando las ciencias evitan conversar sobre el objeto de estudio y, en el caso particular de la estadística, cuando continua reproduciendo una epistemología fiel a “la hibrys del punto cero”.
[1] Saberes que en muchos casos son excluidos por no pertenecer al paradigma científico de la modernidad, un distanciamiento que evita la postura del otro y reproduce la colonialidad del poder planteada por Santiago Castro.