Con una visión práctica, en función del análisis de datos espaciales, la noción de región adquiere tres formas. La primera, la formal o uniforme que hace referencia a la formación contigua de unidades espaciales cuasi homogéneas que comparten fronteras y características similares, importa la naturaleza y profundidad de los atributos para definir la “regionalización” y la jerarquía entre las unidades espaciales, entre más atributos compartan mayor será la dificultad para llevar el proceso de clasificación, en dicha relación importa la covarianza entre los espacios, pues es la medida estadística que observa el grado de asociación espacial. Es común en las ciencias sociales que el análisis formal o uniforme de la región se acompañe de trabajo de campo etnográfico (Haining, 2004: 183). La segunda, la funcional o nodal, que vincula los flujos, conexiones y relaciones entre las unidades espaciales sin importar la contigüidad espacial, se define una región de acuerdo a un conjunto de atributos y su intensidad entre las unidades espaciales, importa la dinámica de las relaciones y los usos comunes de elementos del territorio que facilitan o restringen la funcionalidad (Haining, 2004; 184). La tercera vía es la administrativa, una región es el resultado de la concepción política del espacio en tanto contenedor de instituciones y relaciones sociales, la diferencia con las anteriores es el carácter de fronteras delimitadas.
La noción de región que propone Allen, J. et al. (1998) es una construcción de relaciones y no una derivación por oposición de lugares como es frecuente en la literatura tradicional de geografía regional[1]. Al interior de la perspectiva funcional o nodal, logra avanzar en la propuesta metodológica al proponer analizar la región con una perspectiva del espacio en términos de relaciones sociales, donde igualmente advierte un binomio indisoluble entre tiempo-espacio. La importancia de la perspectiva radica en la apuesta por construir una región propia de las dinámicas sociales, interesa la variabilidad interna y la porosidad de las estructuras, según Allen et al. (1998: 57): “Pensar al espacio en términos de relaciones sociales es útil porque la atención no se centra en el grado de similitud entre lugares constituidos sino en la naturaleza y grado de sus interconexiones”. Así, una región es el producto de contextos particulares y formaciones específicas que bien puede obedecer a una pregunta de investigación o al énfasis en procesos particulares.
En su investigación Allen et al (1998) evidencia el ejercicio de los discursos y las materialidades para dominar una región, el caso de Inglaterra bajo la política de liberalización de Margaret Thatcher de los años 80, un discurso concentrado en la función enunciativa del progreso como sustancia del espacio, que, por el sólo hecho de decir, crea, no en un sentido de causalidad bidireccional sino en las alteraciones de las expresiones espaciales. Un dominio ejercido desde la postura del libre comercio (asociado al motor del crecimiento), convertido en signo denotativo, elevado a su máxima expresión territorial, del antagonismo socialista agotado en su estructura económica y social. El resultado una región funcional, para el caso, al servicio del mercado, primer jerarca de la configuración territorial.
En la misma línea, la región es topología de sentidos donde emergen con mayor visibilidad aquellas formas con más poder de dominación, en casos como los planteados por García (2002) para la realidad Colombiana, es el conflicto el que se encarga de configurar territorios, no en términos esencialista, mas como forma de expresión que domina diferentes esferas de la vida social, traza, delimita, moldea, construye dispositivos de control del espacio, en experiencias de regiones del departamento de Antioquia como Urabá y Oriente, estimula la resistencia civil, movimientos sociales que dotan de otros sentidos los territorios.
Al seguir la proposición de Allen (1998: 34) que la región se expresa más generalmente como lugares, se extiende la reflexión sobre el lugar a las regiones. El lugar, la morada que describe Michel Serres (1995) es el hogar, la casa, una disposición de elementos en el espacio que se privilegian en tanto la utilidad de las distancias, distribución topológica que adquiere diferentes formas con el mismo contenido, espacios producidos socialmente puesto que confluyen tanto las unidades materiales, físicas como los sentidos de lugar, significados singulares, únicos, asociados a significantes. ¿Qué pasa cuando hay más de uno en casa? Llega la alteridad, el otro que privilegia otras distancias, los mismos significantes le producen diferentes significados, el reconocimiento de la diferencia es la aceptación de la existencia de signos distintos usados como vehículos para expresar el mismo contenido; quiere decir, que una vez las ciencias sociales, comenzando por la antropología, acepta la diferencia cultural, aparece el conflicto como algo intrínseco a las relaciones humanas[2], en su condición de umbral, límite, frontera. Entonces, el espacio producido socialmente es un espacio de conflicto puesto que se construye a través de la diferencia, un sistema estructural en tanto la manera de combinar es la que produce los sentidos, pura realidad espacial. Ahora bien, pensar la espacialidad como un conjunto de contradicciones, al estilo marxista, supone la homologación del espacio a las relaciones de clase, supuesto de poca cautela a propósito de los desarrollos de Lefebvre y Soja, principalmente.
En pie de la discusión, la región es más que el receptáculo de la distribución de un fenómeno, se busca es el proceso que subyace al fenómeno social puesto que toda distribución está acompañada de un proceso. Bajo éste enfoque se eliminan las fronteras político-administrativas, no obstante, para efectos metodológicos se parte de la conceptualización de lugares nodales definidos empíricamente por las prácticas sociales y posteriormente se identifican las formas en las cuales están relacionados entre ellos (Allen, J. et al., 1998: 60). Ante las diferencias geográficas que producen las diferencias en las escalas de relaciones, el análisis de los niveles sugiere Allen et al., debe plantearse integrado desde el comienzo.
[1] Bourdieu (1991: 227) muestra como el discurso regionalista es performativo y la idea de región puede ser falsamente reconocida y legitimada tanto desde el punto de vista de creaciones simbólicas (banderas, emblemas, escudos) como desde las representaciones sociales que aluden a esencialismo del lenguaje o la raza. Así mismo, advierte que las delimitaciones o fronteras que clasifican las regiones son la expresión de las relaciones de poder en el campo donde se legitima la delimitación. Igualmente, Blanca Ramírez (2004: 34) muestra por qué la región ha sido una categoría analizada por oposición: “la región como categoría nace como referencia de los paisajes en tanto manifiestan visos de diversidad, de la contradicción de buscar homogeneidad, surge la diferencia, la región, categoría bastión de las concepciones teleológicas de desarrollo económico que aparecen en la posguerra bajo la postura manifiesta de lograr unificar los resultados territoriales, homogenizar los fines y perseguir la meta.”
[2] Contrario a la visión de Comte, Durkheim, Parson que describen el conflicto como un mal de la sociedad. Pero donde cabe la acepción de Marx al contraponer las clases sociales en el seno del trabajo, pero todo dentro de un proceso de relaciones sociales (García, 2002).
Bibliografía
Allen, J.; Massey, D.; Cochrane, A.; Charlesworth, J.; Court, G.; Henry, N. y P. Sarre, (1998) Rethinking the Region. New York, Routledge.
García, Clara Ines (2002). Paradojas de los conflictos violentos. Terrritorios, regiones y fronteras en Colombia. Medellín. Legado del saber.
Haining, Robert (2004).Spatial Data Analysis: Theory and Practice. United Kingdom. University of Cambridge
Serres, Michel (1995). Atlas. Madrid. Ediciones cátedra.
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