Ante la postulación de los enunciados estadísticos como mecanismo biopolítco deviene la pregunta por la cifra como creadora de realidades, en tanto asigna modos de vida, clasifica poblaciones, jerarquiza las realidades, oculta espacios. Una clara manifestación del poder en el saber estadístico que igualmente se convierte en factor disgregador de la realidad y excluyente de otros puntos de vista arrojados por ciencias diferentes a la estadística[1]. Espacios esenciales, naturalizados, matemáticamente probados, construidos como representación de actores que piensan el método estadístico y su uso, espacios mentales que se conectan con las realidades sociales por medio instrumentos como encuestas, formularios, metodologías de clasificación o cualquier otra forma de recolección e interpretación de información. No obstante, la relación estadística-realidad es un proceso dialéctico donde no se presenta origen alguno del poder, al igual que es de un carácter rizomático que afecta toda la estructura social. Bastará considera que los incentivos del gobierno para quienes hacen parte de la cifra son el detonante de estructuras moleculares de poder, manipulación de las realidades, identidades por conveniencia, agenciamientos políticos en busca de “aparecer”, ser reconocido estadísticamente. Así, la estadística como instrumento biopolítico deja ver que el poder es una formación multidireccional en red con diferentes escalas.
La estadística como ciencia se convierte en un ejemplo pertinente para dilucidar la crítica de Santiago Castro sobre la colonialidad del poder y la propuesta de una transdiciplinariedad que busca la decolonización de los espacios académicos. Con el fin de postular la discusión, los primeros anteriores hacen referencia al primer planteamiento y a continuación esbozaré el segundo.
La estadística parte de considerar que los fenómenos que ocurren presentan aleatoriedad, no son determinísticos sino probables, donde la interacción juega un papel importante para definir el resultado del proceso, y éste último se consolida como la fuente de comprobación para otorgar validez a los resultados. El paradigma teórico que da soporte a las investigaciones experimentales se puede resumir bajo la ecuación: conocimiento cierto (CO) más probabilidad de ocurrencia (PO) es igual a conocimiento cierto (CC), (CI+PO=CC). Un poderío otorgado al método inductivo por medio de la estadística.
Ahora bien, surgen varias inquietudes sobre la “validez del conocimiento” pues más allá de un modelo probabilístico, que servirá en este caso como la enuncibilidad del poder, colonizado en todas sus formas y expresiones, es la singularidad y linealidad del uso del dato para afectar las estructuras sociales la que plantea verdaderos retos. Por ejemplo, el uso de la encuesta del Sisben y su escala de niveles que clasifica la población es el reflejo cercano sobre la forma de actuación de las escalas de poder; surge las preguntas: ¿Qué dice el dato? ¿Qué no dice el dato? El resultado obtenido por la encuesta olvida la segunda pregunta, es un punto de vista que olvida los espacios otros imperceptibles desde la óptica estadística, sin embargo, se usa el resultado para alterar las relaciones sociales, como mecanismo de asignación de bienestar social. Si bien se encuesta la población, ésta no tiene ingerencia en el proceso más como agente pasivo, es una forma de estandarizar los resultados y obviar las complejidades de las relaciones sociales, intersticios olvidados que están cargados de significados cotidianos. Así, en tela de juicio se deja la “validez del conocimiento” cuando lo local es olvidado y, más aún, cuando las ciencias evitan conversar sobre el objeto de estudio y, en el caso particular de la estadística, cuando continua reproduciendo una epistemología fiel a “la hibrys del punto cero”.
[1] Saberes que en muchos casos son excluidos por no pertenecer al paradigma científico de la modernidad, un distanciamiento que evita la postura del otro y reproduce la colonialidad del poder planteada por Santiago Castro.
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