sábado, 28 de mayo de 2011

Reseña de: "The socio-spatial dialectic" autor: Soja

Lectura propuesta: Soja, E. W. (1980). The socio-spatial dialectic. Annals of the Association of American Geographers, 70(2), 207–225.


El artículo de Soja es tejido alrededor de la diálectica como apuesta metodológica que soporta el desarrollo conceptual de los estudios del sobre el tiempo-espacio[1], método de pensar que presenta gran suficiencia flexible para aplicarse a circunstancias diversas. Si bien el sustrato es la dialéctica en su función de movimiento, contradicción, acción recíproca y transformación, las diferencias entre los principales exponentes del giro espacial que aparecen en el texto, Harvey, Castells, Lefebvre y el mismo Soja, van a radicar en el uso del método, los alcances y fines del discurso que defienden. No es sorpresa que el ataque de sus argumentos, los de Soja, se centren en mostrar las incomprensiones, conjeturas y debilidades de los marxistas al asumir el espacio como producción social, pues la herencia del método dialéctico deriva del materialismo histórico de Marx y en su contraste retome la discusión ineludible de la producción social del espacio. Lo que pretende Soja es mostrar que las condiciones materiales de existencia, que es la forma como el marxismo define la pertenecía a una clase, tienen una homología con el espacio, inseparables dialécticamente; aunque el objetivo literal de Soja se extiende hasta encontrar la homología en “la división regionalizada del espacio organizado en centro dominantes y periferias subordinadas” ésta última apuesta no tienen la fuerza suficiente en el texto para dar como cumplido el total del objetivo pues se reduce a describir los avances teóricos de Ernest Mendel en cuanto al desarrollo regional y la relación “clase”, espacio.

Con claridad, los postulados de Soja convergen en mostrar la importancia del análisis espacial y las relaciones sociales como una expresión dialéctica aunque con deslizamientos marxistas, evidenciados por Soja, en función de jerarquizarla a favor de la expresión social de las estructuras económicas. Así, citando los trabajos de Lefebvre de principios de los años 70: “La révolution urbaine” y “La production de l’espace” muestra como David Harvey y Manuel Castells, con el ánimo de conservar las investiduras puras del linaje marxista, aunque reconocen la brillantez de Lefebvre al “considerar la organización del espacio como un producto material, las relación entre las estructuras espaciales y sociales del urbanismo así como el contenido ideológico del espacio creado socialmente” lo tildan de encerrarse en un fetichismo espacial. A mi juicio, denominación improcedente por las conceptualizaciones del espacio que el mismo Lefebvre plantea, el espacio concebido y el espacio vivido no son inalienables al sujeto, no aparecen fuera del dominio de sus formaciones históricas por tanto no proceden esencialismo absolutos que fragmenten el espacio y erijan ordenes divinos para dominar las relaciones sociales.

La pobreza conceptual a la que alude Soja cuando enuncia el análisis espacial de los marxistas, exceptuando a Lefebvre, la relaciona con el temor al mito del fetichismo espacial que reflejaba la posible separación de la ortodoxia marxista. Mientras lo que devenía en el análisis era el uso de una seudodialéctica socio espacial profesada por los marxistas pues sigue el postulado materialista de base, la estructura económica como determinante de la división de clase, hay inconsecuencia teórica al profesar la dialéctica socio espacial pero en el fondo no estar de acuerdo con su función recíproca. Advierte Soja que aquello que estaba emergiendo era un materialismo dialéctico que era simultáneamente histórico y espacial, pero la miopía de los marxista y su consecuente jerarquización de las relaciones sociales sobre el espacio tiran por la borda la posibilidad de “la creación de una economía política espacial más unificada”.

Al retomar la perspectiva del análisis socio espacial, en el texto se define la espacialidad, expresión que usa Soja para referirse al espacio producido socialmente en agotamiento e interpretaciones perversas de “espacio social” “geografía humana” y el mismo término "espacio”. Una corta apreciación, base engañosa de los análisis subjetivos del espacio y la espacialidad humana, muestra que el espacio, tiempo y materia están confusamente conectados. Más que un espacio, preso en un tiempo, materia, contenedor físico, siempre ha sido político y estratégico, nunca separado de la ideología o la política, agregaría, o la economía.

En la continuación del texto, aparecen los tres puntos de vista del espacio organizado y los modos de producción. En primera vía, aparece Lefebvre y con la relación dialéctica espacio-relaciones sociales, desmiente a la economía como determinante de la realidad urbana y recibe la crítica de sus contrapartes radicales quienes apelar al falso garante causativo; enlaza el problema de las clases sociales al considerar las relaciones de producción tanto sociales como espaciales. Hace parte de la primera vía, con una escala regional, Ernest Mendel afirmo que: “el desarrollo desigual entre regiones y naciones es la misma esencia del capitalismo, al mismo nivel que la explotación del trabajo por el capital”, la estructura espacial del desarrollo desigual se ubica en el mismo nivel que las clases sociales, en coherencia con Lefebvre, Mendel no escapa a la etiqueta Neomarxista que rotulan los marxistas radicales expresando su postura inaceptable en tanto los consideran analíticamente confusos. Es de esperar que la segunda vía la conformen los marxistas ortodoxos que no negocian la centralidad del análisis de clase. La última vía, el punto medio, defendida por Castells, Harvey, Wallerstein, André Gunder y Samir Amin, aceptan la perspectiva espacial de la relaciones de producción, aunque no la reconocen sustancialmente y se debaten entre el dilema argumentativo cuando toman posturas explícitas, el caso de muestra Soja hace referencia a Castells que si bien parte de considerar la importancia del análisis espacial son, en últimas, las relaciones sociales concretas las que dan forma, función y significado a la estructura espacial, estructura con papel determinante; así, de nuevo caía en la relación jerarquizada y no dialéctica.

Pero, cuáles fueron las causas del olvido de los marxistas occidentales, las hipótesis que lanza Soja son las siguientes: (1) La tardía aparición de los Grundrisse que limito el pensamiento marxista a las publicaciones existentes la cuales se reducen a simplificar el análisis a economías cerradas y los procesos de producción internos, el contenido de los proyectos de Marx para tratar el comercio mundial y la expansión geográfica quedaron insinuados en los Grundrisse, el contexto del análisis geográfico se remitió a los trabajos sobre la teoría imperialista, el desarrollo desigual, los movimientos revolucionarios de la URSS entre 1971 y 1925 y el trabajo de Antonio Gramsci que concreta el modo de producción en el tiempo y en el espacio.

(2) las tradiciones antiespaciales en el Marxismo occidental, los orígnes del pensamiento de Marx surgen de Hegel y la primacía del espíritu sobre la materia, cambios en el espíritu producen cambios en la materia, el tiempo es muerto, el espacio se sustancializa en el estado; no obstante Marx, recuperando la importancia de la historia, revive el tiempo, prima la historicidad sobre el espíritu de la espacialidad, pero sigue condenando el espacio como función de determinismo histórico y social, la conciencia espacial era presentada como una falsa conciencia manipulada por el estado y el capital para desviar la atención de la lucha de clases.

(3) Las condiciones cambiantes de la explotación capitalista, la problemática espacial en la época industrial con respecto a los medios de producción y la relación trabajador-empleador eran menos importante con respecto a lo que es hoy, la importancia residía en el tiempo como productor de valor en las mercancía y por tanto función de modificación para obtener cotas de plusvalía mayores, la organización social del espacio se presentaba como un fractal discontinuo de la industrialización en expansión. En contraposición de capitalismo contemporáneo, Soja argumenta como la producción del espacio desempeña un papel fundamental puesto que el sistema ha requerido regular y garantizar que las relaciones de producción se desarrollen sin tropiezos, en ambientes donde el trabajo se ha desincronizado y deslocalizado.

La parte final que presenta Soja en el texto es la preocupación de Lefebvre por comprender la mutación del capitalismo para lograr sobrevivir. Al respecto, valdría la pena acabar la reseña con la siguiente cita que resume los argumentos sobre la parte final:

“El capitalismo ha sido capaz de atenuar (si no resolver) sus contradicciones internas durante un siglo y, consecuentemente, en los cien años trascurridos desde la escritura de El Capital, ha logrado alcanzar el “crecimiento”. No podemos calcular a qué precio, pero sabemos los medios: ocupando espacio, produciendo espacio”.



[1] Aunque la mención sobre el tiempo no aparece como punto focal en el artículo, aún en construcción en la época, el avance teórico actual sobre los estudios socioespaciales considera como indisoluble el binomio espacio-tiempo, autores como Harvey con su “comprensión espacio temporal”, la crítica de Foucault al privilegio de la historia sobre la espacialidad también se puede leerse como una inclusión de ambos en tanto no los excluye, los trabajo de Massey donde llama a la integración conceptual de ambos.

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